Miedo.

- ¿Cómo dices?
- Miedo.
- ¿Perdona?
- Sí. Miedo.
- Pero... ¿qué es eso del "miedo"?
- Es ese aterrador impulso nervioso que no te permite reflejar tu estado de nerviosismo, y que ni mucho menos te da ese impulso que necesitas. Que te cohibe. No te dejar mostrar tus sentimientos y produce miedo. No hay otra palabra. Miedo.
- ¿Y cuál es tu miedo? ¿Por qué no te puedes mostrar nervioso? ¿Qué impulso necesitas?
- Miedo a que algo salga mal. Miedo a que no salgo como a mí me gustaría. Miedo. Miedo a ese asfixiante nudo en la garganta cuando no quieres llorar. Miedo a llorar. Miedo.
- Pues yo tengo la solución a tus miedos. Enfréntate a ellos y supéralos. No has de mostrarte débil porque entonces será ahí donde se alojen y te hieran. Aunque... hay un problema.
- Sorpréndeme.
- Lo primero es querer superarlos. ¿Quieres tú?

Miedo. Esa extraña sensación que en algún momento todos hemos sentido pero que de una manera u otra hemos sabido afrontar o ya bien no hemos permitido que nos coartase de forma alguna. Si lo pensamos bien el miedo no es malo, sino todo lo contrario. Te hace ver la importancia que le concedes al hecho en sí que produce tal miedo. Miedo a perder lo que ya tenemos. Miedo a nuevas situaciones. Miedo al cambio.
Pero, por encima de todo, miedo a que el cambio sea mejor, miedo a encontrarnos a gusto.