¿Quién dijo sexo cuando está permitido amar?

Llueve. Otra vez. Una lluvia que no moja, pero tampoco seca. Un rayo que cae en medio del mar. Un rayo que no se ve, que parece no haber oído nadie. Un rayo que yo tampoco vi, pero que me iluminó.
Imbécil cuando hablas porque callas lo que siente, lo que eres. Imbécil cuando callas por no querer hablar. Imbécil cuando eres por no sentir, y más imbécil aún cuando sientes, por no hablar, por no callar, por no ser. Imbécil.
Triste será la sensación de vacío por no haberlo intentado. Triste. Como la más fría noche de invierno en el más inhóspito paraje de algún pequeño país nórdico. Triste por preguntarme, ¿qué podría haber sido? Aspero. Como el tacto de la madera sin lijar. Frío. Como un corazón de hielo. Doloroso. Como la pérdida de un ser querido. Duro. Como las rocas golpeadas por el agua de aquel mar en el que cayó el incoloro y sordo rayo. Inesperado. Como el adiós.
Amor, ¿es ésto lo que llaman amor? Dime. Si sólo tuvieses una habitación en Roma, una única noche, y a mí. ¿Qué harías? Y a la mañana siguiente, ¿qué harías, qué dirías? ¿Piensas malgastar el resto de tu vida esperando que pase algo, que caiga un rayo? O, ¿serás tú quien haga que pase algo? ¿Serás tú ese rayo?

Llueve. Y tú... Imbécil.