Miedo.

- ¿Cómo dices?
- Miedo.
- ¿Perdona?
- Sí. Miedo.
- Pero... ¿qué es eso del "miedo"?
- Es ese aterrador impulso nervioso que no te permite reflejar tu estado de nerviosismo, y que ni mucho menos te da ese impulso que necesitas. Que te cohibe. No te dejar mostrar tus sentimientos y produce miedo. No hay otra palabra. Miedo.
- ¿Y cuál es tu miedo? ¿Por qué no te puedes mostrar nervioso? ¿Qué impulso necesitas?
- Miedo a que algo salga mal. Miedo a que no salgo como a mí me gustaría. Miedo. Miedo a ese asfixiante nudo en la garganta cuando no quieres llorar. Miedo a llorar. Miedo.
- Pues yo tengo la solución a tus miedos. Enfréntate a ellos y supéralos. No has de mostrarte débil porque entonces será ahí donde se alojen y te hieran. Aunque... hay un problema.
- Sorpréndeme.
- Lo primero es querer superarlos. ¿Quieres tú?

Miedo. Esa extraña sensación que en algún momento todos hemos sentido pero que de una manera u otra hemos sabido afrontar o ya bien no hemos permitido que nos coartase de forma alguna. Si lo pensamos bien el miedo no es malo, sino todo lo contrario. Te hace ver la importancia que le concedes al hecho en sí que produce tal miedo. Miedo a perder lo que ya tenemos. Miedo a nuevas situaciones. Miedo al cambio.
Pero, por encima de todo, miedo a que el cambio sea mejor, miedo a encontrarnos a gusto.

Un fin de semana en Madrid.

"Era de noche y, sin embargo, llovía", recuerdo haber escuchado esta cita con anterioridad pero no recuerdo a quién, como tampoco recuerdo el título de aquella magnífica novela. Una novela con un argumento ya más que visto. Cálida a la vez que húmeda. De sinceros pero fugaces sentimientos. La historia de dos enamorados. Enamorados, pero con algún que otro matiz. Pero, al fin y al acabo, enamorados, o ¿no es éso lo que importa?
Pues bien, como en toda novela que se precie, se desarrollan una serie de hechos. Así pues el tiempo se puso en su contra. Una tormenta como nunca antes había sido vista se dispuso contra ellos, descargó sobre sus desnudas pieles toda su furia entristeciendo y enfriando la cálida novela.
La distancia no quiso ser menos y aportó lo que buenamente pudo. Cientos de kilómetros confabularon contra ellos volviendo aún más seco el ya de por sí inhóspito camino secreto que habían ideado a través de las dos castillas.
Por su parte, las circunstancias no se quedaron atrás y fueron mermando cada vez más sus ya casi nulas expectativas.
Y, ¿cómo no?, también la sociedad, famosa por su antagónico papel en novelas de no muy distinto calado, movió sus fichas aumentando la fragilidad del mágico idilio.

La historia de aquella novela que un día leí estaba condenada al fracaso, y, así fue. Nada pudo salvar los maltrechos corazones. Pero antes de que cada cual siguiese su solitario camino se hicieron una promesa; no perder nunca la esperanza. Y es que, unos meses después, una vez rehechas sus vidas, aquellos enamorados volvieron a ver sus caminos encontrados.
Pero, ¿cuál será la tormenta que devaste esta vez sus corazones?, ¿cuántos los kilómetros que los separen?, ¿cuáles las circunstancias que esta vez se opondrán?, ¿qué tendrá que objetar la sociedad? Pero, la pregunta que más me desconcierta es, ¿cómo han de sentirse después de todo este tiempo?

Demasiadas son las preguntas que esperan respuesta, demasiadas respuestas sin preguntas.

¿Quién dijo sexo cuando está permitido amar?

Llueve. Otra vez. Una lluvia que no moja, pero tampoco seca. Un rayo que cae en medio del mar. Un rayo que no se ve, que parece no haber oído nadie. Un rayo que yo tampoco vi, pero que me iluminó.
Imbécil cuando hablas porque callas lo que siente, lo que eres. Imbécil cuando callas por no querer hablar. Imbécil cuando eres por no sentir, y más imbécil aún cuando sientes, por no hablar, por no callar, por no ser. Imbécil.
Triste será la sensación de vacío por no haberlo intentado. Triste. Como la más fría noche de invierno en el más inhóspito paraje de algún pequeño país nórdico. Triste por preguntarme, ¿qué podría haber sido? Aspero. Como el tacto de la madera sin lijar. Frío. Como un corazón de hielo. Doloroso. Como la pérdida de un ser querido. Duro. Como las rocas golpeadas por el agua de aquel mar en el que cayó el incoloro y sordo rayo. Inesperado. Como el adiós.
Amor, ¿es ésto lo que llaman amor? Dime. Si sólo tuvieses una habitación en Roma, una única noche, y a mí. ¿Qué harías? Y a la mañana siguiente, ¿qué harías, qué dirías? ¿Piensas malgastar el resto de tu vida esperando que pase algo, que caiga un rayo? O, ¿serás tú quien haga que pase algo? ¿Serás tú ese rayo?

Llueve. Y tú... Imbécil.