VII

Aturdido. Confuso. Ensimismado en mis preocupaciones. Pensativo. Esta vez sin una sonrisa dibujada, dirijo una pérdida mirada hacia algún lugar donde el sol no me incomode. Una imagen sobrecogedora hace que me detenga en seco. Es un rostro que me resulta muy familiar. Un rostro que me recuerda a alguien, pero no consigo averiguar a quién. Es el rostro de un hombre joven, aunque algo desmejorado. Sus ojos verdes reflejan la tristeza y la desolación de lo que parece haber sido una corta vida marcada por el dolor y la decepción. De pronto, pretende incorporarse, pero tropieza y se cae. Rápido me acerco a él y le ofrezco mi ayuda. Parece que no haya sido nada. Afirma encontrarse bien aunque parece algo mareado, por lo que decido sentarme a su lado y hacerle compañía hasta que se haya recuperado. No parece muy hablador. Aún así consigo darle conversación.

- ¿Cómo es que me has prestado tu ayuda? - me pregunta aquel hombre.
- Cualquiera lo hubiese hecho en mi lugar - le contesto.
- Te equivocas. Hoy en día la gente está tan absorta en su vida, en sus cosas... no creo que mucha gente se hubiese detenido y le hubiese prestado su ayuda a alguien como yo.
- ¿Cómo tú? ¿Por qué dices eso?
- Mírame. No soy como los demás quieren que sea. No tengo una perfecta sonrisa, mi pelo no está a la moda, mi ropa está anticuada. La gente es así de tonta. Gente que luce sonrisas iguales, sin personalidad, cabellos de colores extravagantes, ropas que resultan incómodas. Mucha gente sólo muestra interés con alguien así. En cambio tú no eres así. Me has sorprendido. Eres diferente.
- Diferente, ¿yo? - pregunto sonriendo.
- Sí. Tú tienes una hermosa sonrisa como todos los demás, pero, sin embargo no la exhibes con aires de superioridad. ¿Por qué?
- Es simple. Sonrío cuando tengo motivos para hacerlo y me muestro triste cuando realmente lo estoy. Sonreír sintiéndote triste es un poco estúpido, ¿no crees?
- ¿Y a qué se debe el que hoy no sonrías?
- Bueno... no es por nada en particular, lo que ocurre es que no estoy pasando por una muy buena época.
- Te entiendo, no hace falta que te expliques si no te sientes preparado, pero recuerda esto: en este mundo hay tres tipos de personas; unos dicen te quiero y no saben demostrarlo, otro te demuestran diariamente lo mucho que te quieren pero son incapaces de decir todo lo que sienten, y por otra parte aquellos que ni saben decir lo que sienten ni saben demostrarlo. Hazte un favor, no hagas como yo, nunca seas igual que estos últimos infelices.

Me despedí de aquel rostro tan familiar y retomé mi camino. Aún más pensativo que antes. Todavía más ensimismado. ¿Quién era aquel hombre? ¿Cómo sabía a que era debida mi tristeza? Todo tipo de preguntas bombardeaban mi mente. ¿Cómo se puede no ser capaz de demostrar afecto a alguien que realmente te ama? ¿Por qué no se es capaz de demostrarlo? ¿Realmente estoy haciendo yo algo mal? Preguntas y más preguntas seguidas de un intenso dolor de cabeza.

Pasado el tiempo todas aquellas preguntas me siguen aturdiendo. Siguen sin respuesta. Siguen siendo verdaderas incógnitas para las que algún día alguien inventará una medicina capaz de ponerles remedio. Sólo una cosa me ha quedado clara. Aquel hombre. Esas ganas de vivir hechas añicos. Ese dolor reprimido. Todo ese amor que espera ansioso un destinatario. Aquel hombre no era ningún extraño. Ni siquiera era otra persona. Aquel hombre era una visión de un futuro no muy lejano.

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